martes, 9 de octubre de 2012


Recordando a un Buen Pastor

Por: Manuel Antonio Ledesma Jacinto

Hoy, 09 de octubre, se cumple un año de la partida del quinto arzobispo metropolitano de Trujillo y primer religioso de la Compañía de Jesús (Jesuita) en este cargo Monseñor Manuel Prado Pérez-Rosas S.J.; que durante veintidós años y medio ejerció, el período más largo, como titular de la Iglesia liberteña después del Obispo Carlos García Irigoyen (1910-1937).
Desde el primer día de su estancia en Trujillo, el 19 de febrero de 1,977, se manifestó su perfil de pastor, al visitar y convocar a cada uno de los sacerdotes de su jurisdicción para trabajar juntos en el ministerio apostólico. Su primera tarea fue la apertura del Seminario de San Carlos y San Marcelo, que permanecía cerrado durante muchísimo tiempo, para la formación de futuros sacerdotes.
Tuvo un permanente interés por la formación espiritual de universitarios y laicos comprometidos. No podía dejar de mencionarse sus infaltables visitas pastorales a la sierra liberteña, durante el mes de mayo de todos los años; las cuales realizó, a pesar de las advertencias que no las efectué, en la época de atentados terroristas. Su disposición a colaborar de manera efectiva en épocas difíciles para la región (como cuando se desató la epidemia del cólera), al no dudar un solo instante en poner a disposición las parroquias para convertirlos en centros de atención, entre otras muchas obras.
Unos de los momentos más trascendentes de la historia de Trujillo, fue la memorable visita del Beato Juan Pablo II. La participación directa de Monseñor Prado para que ésta se lleve a cabo, fue un hecho que merece la pena destacar.  Por motivos de seguridad (nuestro país estaba en plena época del terrorismo) no se había considerado a Trujillo en la gira del Papa. En su entrevista personal con Juan Pablo II, el año anterior, le suplica que visite nuestra ciudad; entonces el Papa le dice a sus encargados del viaje al Perú: “El Papa quiere y debe estar en el Norte del Perú…El Papa visitará Trujillo”. Así pues, Monseñor Prado consigue que el Vicario de Cristo visite nuestra ciudad en aquel memorable 4 de febrero de 1985. Concluida la misa el Beato Juan Pablo II agradecía, en forma reiterada, a Monseñor Prado su estancia en nuestra ciudad, incluso en posteriores entrevistas que tuvo con él, en el Vaticano, recordaba con mucho cariño a Trujillo, diciéndole: “Recuerdo tu hermosa ciudad, sobretodo esa avenida que me llevó al hermoso Altar en aquel óvalo”.
Al culminar su cargo episcopal en Trujillo, en setiembre de 1,999, retornó con sus hermanos jesuitas de la ciudad de Lima. Fue su deseo trabajar en la dirección espiritual de “muchas almas necesitadas” -como él siempre decía- y para ello escogió como residencia la Casa de Retiros de Villa Kostka (Huachipa), donde no tuvo otra ocupación que atender pastoralmente a decenas de sacerdotes, religiosas y a la gente más sencilla de las poblaciones cercanas: jóvenes campesinos, obreros y amas de casa.
Falleció en la madrugada del 09 de octubre del pasado año en la Enfermería de la Comunidad de los Padres Jesuitas en Miraflores – Lima. Fue muy elocuente y conmovedor la despedida que le tributó, junto a su tumba, un joven poblador de Jicamarca, en representación de decenas de jóvenes que estaban presentes, levantó la voz diciendo: “Cuando nos enteramos, hace doce años, que venía a estar entre nosotros un Arzobispo, que había alojado en su casa al Beato Juan Pablo II en Trujillo, no lo creímos, pero era  cierto. Monseñor: has sido para nosotros un amigo y un padre al mismo tiempo, gracias Dios nuestro por ese regalo, te llevaremos en nuestro corazón y tus enseñanzas las transmitiremos a nuestros hijos”.
Así pues fue despedido el buen pastor, el amigo y padre que siempre mostró la proverbial caridad ignaciana; el religioso que no le gustaba aparecer sino que más bien se retraía -por su manera propia de vivir la modestia- para dejar traslucir su corazón de singular hombre de Dios.