Recordando
a un Buen Pastor
Por:
Manuel
Antonio Ledesma Jacinto
Hoy, 09 de octubre, se cumple un año de
la partida del quinto arzobispo metropolitano de Trujillo y primer religioso de
la Compañía de Jesús (Jesuita) en este cargo Monseñor Manuel Prado Pérez-Rosas S.J.; que durante veintidós años
y medio ejerció, el período más largo, como titular de la Iglesia liberteña
después del Obispo Carlos García Irigoyen (1910-1937).
Desde el primer día de su estancia en
Trujillo, el 19 de febrero de 1,977, se manifestó su perfil de pastor, al
visitar y convocar a cada uno de los sacerdotes de su jurisdicción para
trabajar juntos en el ministerio apostólico. Su primera tarea fue la apertura
del Seminario de San Carlos y San Marcelo, que permanecía cerrado durante
muchísimo tiempo, para la formación de futuros sacerdotes.
Tuvo un permanente interés por la
formación espiritual de universitarios y laicos comprometidos. No podía dejar
de mencionarse sus infaltables visitas pastorales a la sierra liberteña,
durante el mes de mayo de todos los años; las cuales realizó, a pesar de las
advertencias que no las efectué, en la época de atentados terroristas. Su
disposición a colaborar de manera efectiva en épocas difíciles para la región
(como cuando se desató la epidemia del cólera), al no dudar un solo instante en
poner a disposición las parroquias para convertirlos en centros de atención,
entre otras muchas obras.
Unos de los momentos más trascendentes
de la historia de Trujillo, fue la memorable visita del Beato Juan Pablo II. La
participación directa de Monseñor Prado para que ésta se lleve a cabo, fue un
hecho que merece la pena destacar. Por
motivos de seguridad (nuestro país estaba en plena época del terrorismo) no se
había considerado a Trujillo en la gira del Papa. En su entrevista personal con
Juan Pablo II, el año anterior, le suplica que visite nuestra ciudad; entonces
el Papa le dice a sus encargados del viaje al Perú: “El Papa quiere y debe estar en el Norte del Perú…El Papa visitará
Trujillo”. Así pues, Monseñor Prado consigue que el Vicario de Cristo
visite nuestra ciudad en aquel memorable 4 de febrero de 1985. Concluida la
misa el Beato Juan Pablo II agradecía, en forma reiterada, a Monseñor Prado su
estancia en nuestra ciudad, incluso en posteriores entrevistas que tuvo con él,
en el Vaticano, recordaba con mucho cariño a Trujillo, diciéndole: “Recuerdo tu hermosa ciudad, sobretodo esa
avenida que me llevó al hermoso Altar en aquel óvalo”.
Al culminar su cargo episcopal en Trujillo, en
setiembre de 1,999, retornó con sus hermanos jesuitas de la ciudad de Lima. Fue
su deseo trabajar en la dirección espiritual de “muchas almas necesitadas” -como él siempre decía- y para ello
escogió como residencia la Casa de Retiros de Villa Kostka (Huachipa), donde no
tuvo otra ocupación que atender pastoralmente a decenas de sacerdotes,
religiosas y a la gente más sencilla de las poblaciones cercanas: jóvenes campesinos,
obreros y amas de casa.
Falleció en la madrugada del 09 de
octubre del pasado año en la Enfermería de la Comunidad de los Padres Jesuitas
en Miraflores – Lima. Fue muy elocuente y conmovedor la despedida que le
tributó, junto a su tumba, un joven poblador de Jicamarca, en representación de
decenas de jóvenes que estaban presentes, levantó la voz diciendo: “Cuando nos enteramos, hace doce años, que
venía a estar entre nosotros un Arzobispo, que había alojado en su casa al Beato
Juan Pablo II en Trujillo, no lo creímos, pero era cierto. Monseñor: has sido para nosotros un
amigo y un padre al mismo tiempo, gracias Dios nuestro por ese regalo, te
llevaremos en nuestro corazón y tus enseñanzas las transmitiremos a nuestros
hijos”.
Así pues fue despedido el buen pastor,
el amigo y padre que siempre mostró la proverbial caridad ignaciana; el religioso
que no le gustaba aparecer sino que más bien se retraía -por su manera propia
de vivir la modestia- para dejar traslucir su corazón de singular hombre de
Dios.


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